21 de agosto de 2009

nova homenagem: aos colegas de profissão!

Reproduzo abaixo parte de um romance publicado neste ano pelo jovem escritor argentino-granadino Andrés Neumann. A narrativa se ambienta no contexto de fins do século XIX em uma cidade imaginária perto da Alemanha.

O diálogo que escolho para a homenagem é o retrato de algo que não existe mais nos dias de hoje, nas atuais relações empregatícias e éticas. É, portanto, um motivo para comemorarmos a superação daqueles tempos difíceis!

Boa leitura e, ao final, não esqueçam de abrir um champagne!


"Adelante, Flamberg, dijo el señor Gelding. Pasa, siéntate. Vamos a ver si tú y yo nos entendemos. Y estoy seguro de que vamos a entendernos. Voy a ir al grano, porque ni a mí ni a ti nos gusta perder tiempo, ¿eh Flamberg? Sabrás que ayer, y no digo que tú estuvieras implicado, hubo un conato, dejémoslo en conato, de huelga en la fábrica. O sea, hablando claro, un intento por parte de algunos empleados de abandonar sus puestos de trabajo. ¿No es así? Bien. (...) También sabrás que el capataz intentó dialogar con los empleados rebeldes, ¿correcto Flamberg? Para que volvieran a sus puestos de trabajo, a cambio de olvidar estos penosos incidentes. (…) Bien. Primera reflexión, entonces, Flamberg. Mas allá de la dureza del trabajo, que nadie dice que no tenga sus dificultades, como todos los trabajos, mas allá de eso, dime: en esta fábrica que tengo el honor de dirigir, ¿alguna vez se le ha pegado o amenazado fisicamente algun empleado? Contesta con confianza. ¿Alguna vez ha visto cosa semejante? Bien. Verás que ni siquiera estoy planteándote el asunto desde la autoridad de mi cargo, sino desde la simple y pura lógica. Y ahora cuéntame, ¿crees tú que, aparte de estos delitos de violencia, que como es natural serán juzgados por la ley, crees tu que abandonando irresponsablemente un puesto de trabajo se consigue la benevolencia de la imprensa, mi benevolencia o, vamos a suponer, la benevolencia del capataz Körten?Excelente. Veo que no eres nada tonto. Lo suponía, Flamberg, por eso te mandé llamar. A mi me gustan los empleados listos. Y tú, Flamberg, se nota que eres listo. La siguiente pregunta, porque como verás yo sólo te he llamado para plantearte preguntas, es simplismente: ¿tú crees en el diálogo para solucionar las cosas? Contesta, dime, ¿crees? ¡ Por supuesto que crees! Yo también, Flamberg, yo también. Y precisamente por eso, porque algunos empleados razonables sí supieron dialogar como lo hacen las personas civilizadas y no como las bestias, la empresa ha concedido esos aumentos de salario y la semana de vacaciones. Ahora presta mucha atención, Flamberg. Si, como se ha demostrado, mediante el diálogo civilizado hemos conseguido evidentes mejoras para los empleados, empleados como tú que trabajan honestamente y que ahora tienen un salario más alto y más tiempo de descanso (…), si mediante el diálogo y el debido respecto a las autoridades de la fábrica se ha conseguido todo eso, entonces ahora dime: ¿no te parece que los agitadores deberían ser castigados, no dijo ya por mí ni por el pobre capataz Körten, ¡no voy a eso!, sino por los propios empleados, cujas condiciones laborales han progresado gracias al diálogo que sus agitadores pretendieron impedir? Piénsalo. Yo no soy quién para pensar por ti. ¿Quién perjudicaba a quién?, reflexionemos. (…) ¿Te das cuenta de que, por el empeño de encubrir a dos o tres rebeldes, estaríamos poniendo en juego la supervivencia de cientos y cientos de familias (…)? (…) Pero para que nuestra fábrica vaya bien y podamos cubrir las necesidades de toda esa gente, comprenderás que un jefe necesita tener a los mejores empleados en su empresa, empleados responsables como tú, y prescindir de aquellos que no cumplan rigurosamente con sus obligaciones. Y cualquier jefe, ponte en mi situación, tiene derecho a pensar que los agitadores y vagos de hoy podrían perjudicar a la empresa en el futuro. Y eso sí que no podemos consertilo. Por eso, Flamberg, si yo supiera quiénes son exactamente los que atentaron contra nuestro régimen de trabajo, entonces podría ser tan justo como deseo serlo y tomar medida sólo con quienes corresponda. Pero si no sé quiénes fueron, Flamberg, y no soy adivino, ¿tu adivinas las cosas, Flamberg? ¡yo tampoco!, si no lo sé, entonces puede que tenga que cometer alguna injusticia despidiendo a algún empleado, o varios empleados, o quién sabe si a todos, sólo para asegurarme de que entre los despedidos estarán los cabecillas del motín de ayer. ¿Tú crees que yo quiero eso? Yo no quiero eso. ¿Tú quieres eso? Tampoco quieres. Volvemos a estar de acuerdo, entonces. Así que digo yo, y esta es mi última pregunta. ¿No seria más sencillo, muchísimo más sencillo, apartar del cajón a las dos o tres manzanas podridas y seguir adelante con la cosecha? ¿O van a pagar justo por pecadores? Has leido el Génesis, Flamberg? Me gusta que charlemos.”

(Andrés Neumann. El viajero del siglo, p. 185-188).

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